Ellas en el gimnasio

Se ha de ir al gimnasio equipada para el deporte.

Se debería de ir al gimnasio equipada cómodamente.Imagen de  Google.

 

 

Ellas en el gimnasio

 

La idea sobre este escrito surgió hace poco. Tres veces por semana voy al gimnasio. No es que me encante pero reconozco que me siento mucho mejor desde que acudo regularmente a las clases de bicicleta coreografiada, en las que el duro practicar del velocípedo con resistencia se convierte en una labor de esfuerzo con música más o menos retumbante que insensibiliza un poco las piernas y hace el ejercicio más llevadero. Pues bien, será porque mi cuerpo ha entendido, finalmente, por más que insista en quejarse con artimañas de agujetas y demás dolores musculares, que yo no voy a renunciar a esas disciplinas deportivas, y me he distendido, que esta semana me he fijado en los demás asistentes. La verdad es que me he fijado en las demás asistentes. A ellos, prometo,  les dedicaré otro apartado en breve.

Pero empezaré la descripción de los acontecimientos desde el momento en que te despiertas la mañana que “toca” spinning (o bicing, o bike o shape bike o twist pedal o cualquier otro término en lenguaje anglosajón que queda mucho más guai que el vulgar semejante hispano: clase de bicicleta).

Te lavas la cara a todo correr y te echas un poco de colonia granel tipo lavanda. Es una estupidez pues vas a sudar, lo sé, pero me gusta. Pienso que sudor + lavanda es mejor que sudor + nada. Pones una lavadora (ya la sacarás cuando vuelvas del gimnasio). Tomas un plátano a todo correr para tener energía. No desayunas en serio porque con el trajín del ejercicio podrías sacar hasta la primera papilla. Te lavas los dientes a todo correr. Envías un correo electrónico al despacho con la documentación preparada la noche anterior. Coges la bolsa de deporte y sales de casa a todo correr. Vuelves a entrar en casa pues te has dejado las llaves del coche. Ahora ya no es a todo correr, ahora estás tipo histérica. Y, ¿por qué “a todo correr”?, porque como se han puesto de moda estas clases con nombre moderno en las que transpirar como un gorrino desde el minuto 1 y durante los siguientes 45 parece ser que es el arma más efectiva contra celulitis, colesterol y flacidez, pues tienes recelo de que no sean suficientes 20 minutos antes del inicio para entrar, dejar la bolsa en el armario del vestuario (¿jolines porque hacen estos candados con números tan pequeños? ¿Será que voy a tener que ir planteando el comprarme unas gafas para ver de cerca?), y acceder a la sala de ejercicio.  (ya has perdido 5 minutos). ¿Y, por qué crees que no van a ser suficientes? Porque todas las chicas super ideales quieren ir a la misma clase que tu y ellas, la mayoría más jóvenes, no tienen hijos, casas, lavadoras, parejas y demás obligaciones que les permiten ir con tiempo de sobra al gimnasio para coger sitio en la abarrotada clase.

Total, llegas al gimnasio ya sudando, lo cual no es malo pues te permite poder empezar el ejercicio sin calentamiento, y así tienes tiempo de ir a hacer un pis porque en casa no te ha dado tiempo. Entras en el aula, la mayoría de bicicletas están ocupadas, por personas o por toallas que han puesto unas personas guardando el vehículo de pedales en cuestión para otras personas que aún no han llegado pero como son amigas de las personas primeras se convierten en personas utilizadoras de bicicletas sin estar presentes. Resumiendo: te quedas la bicicleta más vieja, de la última fila . El sillín está roto y la rueda chirría pues está un poco oxidada.  Y, como eres adulta y capaz de superar cualquier situación en tu vida madura,  te sitúas dispuesta a olvidarte de todo durante 45 minutos.

Pero antes has de poner el sillín a tu medida, alargar o acortar distancia a pedales, enderezar manillar, ajustar rueda de inercia. Perfecto. Todo a punto. Y levantas la cabeza preparada para la acción. Y miras a tu alrededor. Y entonces, en ese momento,  es cuando piensas que deberías escribir algo sobre algunas mujeres que acuden al gimnasio. Hay tanta memez escondida entre tres paredes y un espejo que en ese momento te gustaría ser físicamente transparente. Mujeres que acuden al gimnasio con un top ( en inglés: “garment for the upper body”; traducción: “prenda para la parte superior del cuerpo”) que apenas cubre los senos y un pantalón tan corto que si se agachan para hacer una flexión seguro que se les pone cual cinturón agarrado al ombligo. Si a eso unimos la tanga negra talla S, pues ya me diréis. A mí que no me digan que esa indumentaria es cómoda. No me lo creo. Se pasan el rato retocando la ropa para ponerla en su lugar. No digo que tengas que ir con una camiseta XXL y calzones tipo bombacho pero si se puede combinar el atuendo deportivo cómodo con las leyes físicas del sentido común (o sea, un pantalón con el que se pueda hacer una torsión de espalda sin que se  vea la parte donde la espalda pierde su casto nombre) pues genial.

Si lo pienso fríamente, no me siento muy cómoda escribiendo este artículo. Este es un blog esencialmente para mujeres (me encantaría que también fuese apetecible para los hombres) y no me parece muy conveniente escribir algo que critique, de una manera u otra a alguna mujer. Por otro lado pienso que todas las apreciaciones negativas sobre un tema determinado acaban por ser constructivas tarde o temprano. Y si no son provechosas, pues bueno, habrán servido, por lo menos, para un momento de lectura. Pero yo no soy muy fría y por ello considero que tengo que seguir con mi escrito.

Volvamos a la clase. En el minuto 20 estamos todos transpirando. Y ellas se han quitado ya el top que cubre otro top más minúsculo. Ese otro mini top, de verdad, pienso que debe ser como mínimo desagradable y considero que todas/os entendemos el motivo. Creo que yo, con mi camiseta de siempre estoy en superioridad de condiciones, para amortizar mejor la clase, porque no estoy constantemente pensando en si se me ha salido una teta y puedo concentrarme en los cambios de frecuencia del pedaleo con lo que hacer efectiva la clase en menos tiempo.

Acaba la clase y yo, esta vez, no estoy interesada en saber si he quemado o no calorías (de hecho nunca me ha importado mucho) ni si tendré tiempo de sacar la ropa que he puesto en la lavadora cuando vuelva a casa para ducharme. Esta clase me ha servido para darme cuenta de cuanta parafernalia existe aun hoy en dia. Muchas mujeres (a mi entender lastimosamente) necesitan en diferentes actos o eventos de un conjunto de ceremonias y detalles que dan solemnidad u ostentación a su persona. En el caso de los gimnasios no podemos hablar de solemnidad, está claro. ¿Podemos hablar entonces de ostentación o de  elementos rituales o decorativos que rodean un acto o a una persona? ¿Por qué algunas mujeres necesitan toda esa “aparatosidad” sensual para desempeñar una actividad tan simple y sana como es el deporte?.

Anuncios

¿Qué opinas? Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s